—No puedes cantar aquí. Vete.
Las palabras fueron tan frías que todos los que estaban en la plaza se giraron para mirar.
Mara bajó lentamente su guitarra. Durante casi tres meses había cantado en la misma esquina de piedra cada tarde.

La antigua plaza era hermosa al atardecer: estaba rodeada de enormes mansiones, fuentes de mármol y restaurantes elegantes donde una sola cena podía costar más de lo que Mara ganaba en una semana.
Pero a ella no le importaba. No buscaba lujos ni reconocimiento.
Solo necesitaba reunir unas pocas monedas, suficientes para comprar pan y encontrar un lugar donde dormir.
Sin embargo, aquella tarde todo cambió.
Un hombre vestido con un traje elegante se acercó a ella con una expresión seria.
—Este es un evento privado —dijo señalando la mansión que estaba detrás de él—. Estás molestando a los invitados.
Mara miró a su alrededor. No había ningún cartel. No había barreras.
Nada que indicara que no podía estar allí. —Me alejaré un poco más —susurró.

—No. Te irás.
La gente observó en silencio mientras Mara guardaba su guitarra. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida.
Pero antes de que pudiera marcharse, una mujer elegante con un vestido negro de noche salió de la mansión.
Era mayor, quizá de unos sesenta años, con el cabello plateado perfectamente peinado y un rostro que de alguna manera le resultaba familiar a Mara.
La mujer miró la guitarra. Después a Mara. Y finalmente al hombre. —¿Por qué se va?
—Estaba cantando aquí —respondió él—. Le dije que este no era un lugar para artistas callejeros.
La mujer frunció el ceño. —¿Artista callejera?
Mara bajó la mirada.—Lo siento. No quería causar problemas.
La mujer se acercó lentamente. —¿Qué canción estabas cantando?

Mara dudó. —Una canción antigua que mi madre solía cantar. —Cántala.
El hombre intentó protestar. —Señora, los invitados…
—He dicho que la cante.
Mara levantó lentamente la guitarra.
Sus dedos temblaban mientras comenzaba a tocar.
Las primeras notas fueron suaves. Luego, su voz llenó toda la plaza.
Las conversaciones se detuvieron. Los camareros quedaron inmóviles en las entradas de los restaurantes.
Incluso los invitados dentro de la mansión se acercaron a las ventanas.
La elegante mujer no se movió. Simplemente observaba a Mara mientras las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos.
Cuando la canción terminó, la plaza quedó completamente en silencio.
Entonces la mujer susurró: —¿Dónde aprendiste esa canción?
—Me la enseñó mi madre.

—¿Cómo se llamaba?
Mara le dijo el nombre. El rostro de la mujer cambió de repente.
Se cubrió la boca con una mano. —Eso es imposible…
Mara la miró confundida. La mujer se acercó un poco más.
—Tu madre… ¿alguna vez te habló de una niña que tuvo que entregar cuando era joven?
El corazón de Mara dejó de latir por un instante.
Su madre siempre se había negado a hablar sobre su pasado.
La mujer abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.
Era la imagen de dos niñas pequeñas juntas.
Una de ellas era la madre de Mara.La otra era la mujer que estaba frente a ella.
—He pasado treinta y ocho años buscando a mi hermana —susurró.

Mara miró la fotografía. Después miró a la mujer.
De repente, la mansión, la ropa elegante y el guardia que había intentado echarla dejaron de importar.
La mujer tomó las manos de Mara entre las suyas.
—No estabas molestando a mis invitados —dijo con lágrimas en los ojos.
—Estabas trayendo a mi familia de vuelta.
Y esa noche, la chica a la que habían ordenado abandonar la plaza no se fue sola.
Entró por las puertas doradas de la mansión junto a aquella mujer, con su guitarra todavía entre las manos.
