A las siete de la mañana me despertaron los ladridos desesperados de mi perro, que hacía todo lo posible por sacarme de la cama, y entonces vi algo realmente aterrador.
Abrí los ojos… y un olor extraño y penetrante me golpeó de inmediato.
Al principio no entendía qué era, pero en unos segundos mi cerebro reaccionó: ¡humo! Y su intensidad iba en aumento.

Me incorporé de golpe; el corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las sienes. Salté de la cama, descalza, corrí al pasillo… y me detuve.
Un humo gris y denso se extendía desde el pasillo, entrando ya en mi habitación.
En la sala ardía un fuego voraz: las llamas devoraban casi la mitad del espacio, crepitando y lanzando chispas por todas partes.
Mi perro estaba a mi lado, ladrando hacia el fuego, luego mirándome como apremiándome: «¡Rápido!».

Tomé el teléfono, marqué a los bomberos con las manos temblorosas y, sin perder un segundo, salí de la casa con él.
Solo en la calle, cuando ya estábamos a salvo y trataba de recuperar el aliento, comprendí: si no hubiera sido por él, habría seguido durmiendo… y quizá no me habría despertado jamás.
Más tarde supe que, la noche anterior, estaba planchando ropa y, exhausta, olvidé apagar la plancha.

Quedó sobre la ropa y eso provocó el incendio.
No recordaba nada. Pero mi perro percibió el humo antes que yo y hizo todo lo posible para despertarme.
Si no hubiera sido por él… ahora probablemente no estaría contando esta historia.
