Durante el funeral, el abuelo de repente escuchó extraños ruidos provenientes del ataúd y decidió abrirlo.
Cuando levantaron la tapa, todos quedaron paralizados por lo que vieron.
Junto a la niña yacía su gato. El pequeño animal, abrazado a su dueña, parecía haber decidido no dejarla ni siquiera en la muerte.

De alguna manera, se había colado en el ataúd, y nadie se había dado cuenta.
La multitud quedó paralizada, horrorizada. ¡Casi habían enterrado al animal vivo! Alguien se apresuró a ayudar a sacar al gato.
Estaba vivo, pero débil, casi inmóvil, como si todo el tiempo en ese espacio tan estrecho hubiera agotado sus últimas fuerzas.

Todos miraban al gato, asombrados por su lealtad. Para el abuelo, esto fue el golpe final.
Volvió a llorar, pero ahora, en sus lágrimas, había no solo un terror indescriptible, sino también una amarga ternura.
Días después, la gata murió. Parecía como si hubiera seguido a su dueña, negándose a quedarse en un mundo sin ella.
