Envió un mensaje: «Me rompió las costillas» al número equivocado… y quien respondió fue un jefe de la mafia: «Voy para allá».

Envió un mensaje: «Me rompió las costillas» al número equivocado… y quien respondió fue un jefe de la mafia: «Voy para allá».

El dolor llegaba en oleadas punzantes, arrebatándole el aire a Lena mientras permanecía encogida sobre el frío suelo del baño.

Nada lograba aliviarlo: ni el silencio, ni la puerta cerrada con llave, ni aquella casa que ahora se sentía como una prisión. Algo dentro de ella estaba gravemente dañado.

Afuera, los pasos de él resonaban lentos y constantes. Tranquilos. Pacientes. Seguros.

El teléfono temblaba en su mano. Una última oportunidad. Envió un mensaje pidiendo ayuda… pero al número equivocado.

Me rompió las costillas. No puedo respirar. Por favor, ven.

Tres puntos aparecieron de inmediato. Dirección. No era Maya. Era un desconocido.

El miedo la oprimió aún más cuando la puerta volvió a sacudirse con otro golpe. Desesperada, envió su ubicación.

Estoy cerca. Instantes después, la puerta se abrió de golpe… pero no fue él quien entró.

Un hombre desconocido cruzó el umbral. Sereno. Peligroso. —No debiste tocarla.

Un solo movimiento. Silencio. El hombre que la había herido quedó fuera de combate.

—Enviaste el mensaje al número equivocado —dijo el desconocido, agachándose a su lado—. ¿Puedes respirar?

No podía. —Nada de hospital. Vienes conmigo.

La levantó en brazos como si fuera algo habitual. A salvo… pero no del todo.

Días después, todo había cambiado. Una casa vigilada. Personas calladas. Y él.

—¿Quién eres? —preguntó ella.

—Alguien a quien no se llama por error.

El teléfono vibró otra vez. Van por los dos.

Lena lo miró, esperando ver preocupación.

Él sonrió. —Perfecto.

—No creo tener tiempo para tener miedo —murmuró Lena.

Él tomó su teléfono y lo apartó. —Quédate cerca de mí.

Ella asintió. Un solo mensaje la había arrastrado a un mundo donde el miedo no era el final… sino el comienzo.

Después de confirmar la amenaza, todo cambió aún más. La casa se convirtió en una fortaleza, con vigilancia constante.

En el centro de todo estaba Adrien Veseri, ya no distante, sino claramente peligroso.

En su despacho, la interrogó. Lena le contó la verdad: había estudiado ingeniería mecánica. Reconocía ese tipo de dispositivos.

—No eres solo una limpiadora —dijo él.

—No.

Desde ese momento, ella importaba. Y en su mundo, eso significaba peligro.

Un video lo confirmó poco después: alguien había planeado eliminarlo.

—Esto no termina aquí —afirmó Adrien—. Te quedas.

—No pertenezco a este lugar.

—Nadie pertenece. Pero ahora eres un objetivo.

Esa misma noche llegó el segundo ataque.

Un intruso entró en su habitación, pero Lena se defendió, guiada por el instinto y la precisión, hasta que llegó la seguridad.

—No venían por ti —dijo ella.

—No. Venían por ti. Había cambiado el rumbo de las cosas. Ahora era importante.

Más tarde, revisando lo ocurrido, detectó el fallo: el sistema había sido manipulado en su contra.

—Todo estaba planeado —dijo.

Adrien la observó de otra manera. Respeto. —Entonces dejaremos de ser predecibles —respondió él.

Lena asintió. Por primera vez, comprendió que ya no estaba simplemente sobreviviendo.

Ahora formaba parte de ese mundo. Y no había forma de volver atrás.