Fonseca se dirigió hacia la puerta principal de la morgue, con el corazón latiéndole más rápido de lo habitual.
Fonseca se mantuvo firme, con la mano aferrada a la fría puerta como si fuera su ancla.
La Madre Superiora lo observaba con atención, y su voz serena llevaba un matiz ensayado bajo esa aparente calma.

Camilo permanecía detrás, paralizado, con los ojos moviéndose nerviosos entre ella y el cuerpo.
Aunque incómodo, Fonseca permitió su entrada—apenas. Ella avanzó sin esperar, y su presencia parecía transformar sutilmente la habitación.
Dentro de la sala de autopsias, se acercó al cuerpo con una reverencia medida, pero su atención no estaba en la joven, sino en el hábito, como si buscara algo oculto.
La nerviosidad de Camilo captó su mirada; percibió más de lo que debía.
Fonseca intervino, intentando ocultar la tensión, pero la inquietud creció. Recordó la advertencia: no confiar en la Madre Superiora.
Cuando su mano se posó sobre el cuerpo, él sintió una urgencia repentina.

La decisión ya no estaba lejos. Guardar silencio significaba negación; hablar implicaba riesgo.
—No deberías tocarla —dijo finalmente, firme pero controlado.
Ella bajó la mano lentamente y lo miró a los ojos. —¿Por qué? —preguntó suavemente.
Fonseca vaciló, consciente de que su respuesta podía cambiarlo todo—ya fuera ocultando la verdad o revelando la advertencia que resonaba en su mente.
La garganta se le tensó, pero se obligó a hablar: había irregularidades, y nadie debía tocar el cuerpo todavía.
La Madre Superiora lo estudió y, sorprendentemente, asintió, retrocediendo con una sonrisa tranquila que sólo aumentó la inquietud.
Antes de irse, se detuvo. —Algunas verdades no deben ser descubiertas demasiado rápido —dijo, y desapareció, dejando un silencio aún más pesado.

Camilo murmuró que ella sabía algo. Fonseca no respondió—ya había tomado su decisión. No se detendrían.
Cerró la puerta con llave y regresó al cuerpo. El mensaje en la piel seguía allí.
Tras esperar, revisaron el hábito y encontraron una nota oculta: No está sola. Si me abres, lo verás.
A pesar de la advertencia de no continuar, Fonseca decidió seguir.
Cuando comenzó la autopsia, todo parecía normal—hasta que notó algo extraño bajo la superficie.
Se detuvo y, en voz baja, dijo: —No es un milagro… ella no estaba sola.
