Me encontré con mi exesposa y casi me pongo verde de envidia

Me encontré con mi exesposa y casi me pongo verde de envidia

No sabía qué decir, así que se retiró a su habitación y se sentó frente al portátil.

Pero un pensamiento no lo dejaba en paz: «¿A dónde voy a ir? ¿Con mis padres… si con ellos siempre ha sido complicado?»

La discusión quedó suspendida en el aire, y los días siguientes se repitió la misma rutina: peleaban por nimiedades, y en el fondo de cada conflicto estaba lo mismo: indiferencia hacia su esposa, a quien él consideraba un «ratón gris», mezclada con el miedo de quedarse sin techo.

Con el tiempo, llegó al límite: Oleg se enfureció definitivamente y pidió el divorcio él mismo.

«Yo decido, no ella —murmuraba con terquedad—. Al fin y al cabo, tengo padres, tengo dónde ir».

Hizo las maletas y se fue a casa de Tamara Ilyinichna e Igor Sergeyevich, aunque sin mucho entusiasmo. Lena aceptó el divorcio con calma.

Los trámites en el registro civil fueron rápidos, y pronto dejaron oficialmente de ser marido y mujer.

Pasaron tres años. Oleg vivió todo ese tiempo con sus padres. Al principio pensaba:

«Un par de meses de descanso y volveré a la vida normal: alquilaré un piso, encontraré a alguien que comparta mis ideales».

Pero quedó atrapado, como en un pantano. El trabajo era monótono, y el dinero apenas alcanzaba para pequeños gustos.

Las perspectivas brillaban por su ausencia. Sus padres se quejaban de que ya tenía más de treinta y él aún vivía a su costa.

Una tarde fría de primavera, Oleg regresaba tras encontrarse con un amigo.

Pasaba frente a un pequeño café acogedor, con luces brillantes en el escaparate. Decidió entrar a calentarse un poco.

Pero al acercarse, se detuvo: allí estaba Lena.

La misma Lena que había dejado hace tres años en su apartamento, pero ahora era otra mujer: porte seguro, peinado impecable, ropa elegante y mirada tranquila.

En sus manos llevaba las llaves de un coche, aparentemente costoso.

«Vaya…» pensó Oleg y, sin darse cuenta, se acercó a ella.

—¿Lena? —la llamó.

Ella se giró, tardó un instante en reconocerlo, y luego sonrió.

Oleg notó que no era la sonrisa tímida y vacilante de antes, sino una verdadera sonrisa segura de sí misma.

—Hola, Oleg —dijo ella—. ¡Qué gusto verte! ¿Cómo estás?

—Bien… —él ajustó la bufanda, sintiéndose algo desconcertado—. Veo que todo te va bien.

—Digamos que ahora vivo como siempre soñé —respondió Lena sin ningún atisbo de pretensión.

—Ya veo… —Oleg tragó saliva, intentando contener la mezcla de admiración y creciente envidia—.

Eh… bueno, felicidades. ¿Sigues en el mismo trabajo?

—No, cambié de sector. Abrí mi propio estudio de floristería. Al principio tenía miedo, pero… —sonrió—.

Encontré a alguien que me apoyó.

—¿Quién? —las palabras se le escaparon sin pensar.

Antes de que Lena pudiera responder, un hombre alto con abrigo apareció en la entrada del café.

Se acercó a Lena y la abrazó por los hombros:

—Cariño, ya hay mesa libre, ¿vamos?

Lena se volvió hacia Oleg y lo presentó:

—Él es Vadim. Vadim, este es Oleg —sonrió, conmovida por la atención de su pareja—.

Bueno, Oleg, me alegró verte. Espero que a ti también te vaya bien.

Oleg asintió, sintiendo que una tormenta se formaba dentro de él. Al mirar a Vadim, comprendió de repente:

Lena ya no era el «ratón gris» que él había imaginado.

Se había abierto como aquella flor que él mismo había descrito, pero con alguien más.

—Lena… —quiso decir algo como «perdóname», pero las palabras se le atascaban en la garganta—. Me alegro por ti, de verdad.

—Gracias, Oleg —respondió ella, tranquila y segura—. Cuídate.

Vadim sonrió a Oleg, asintió levemente, y ambos entraron al café. Oleg sintió cómo el viento frío le calaba hasta los huesos.

Cerró los ojos un instante y recordó: «Vivo con un capullo congelado…» —así le había dicho a Lena una vez, de forma brusca.

Ahora, el capullo florecía, y él se quedaba fuera, en todos los sentidos.

A través de los grandes ventanales del café, Oleg veía cómo Lena y Vadim conversaban y reían.

Observaba sus gestos, las sonrisas sinceras, y se dio cuenta de que su noche ya estaba arruinada.

Y no sólo la noche: la sensación de vacío en su interior crecía.

En algún momento, él también podría haber sido su apoyo, haberla alentado a cambiar, haberla respaldado en sus metas.

Pero eligió otro camino.

Oleg bajó la cabeza y se alejó del café.

Probablemente, si se viera a sí mismo en ese momento, se daría cuenta de que se había puesto verde… de envidia, de frustración y tal vez de la amarga sensación de oportunidad perdida.