Pensó que había encontrado algo imposible en la playa… hasta que el bebé dirigió su mirada hacia el océano.

Pensó que había encontrado algo imposible en la playa… hasta que el bebé dirigió su mirada hacia el océano.

La tormenta había pasado poco antes del amanecer cuando el pescador Elías encontró algo extraño enredado en su red.

Al principio, pensó que era una cría de foca. Pero entonces, la criatura se movió.

Era un bebé diminuto, con la piel pálida y brillante, unas delicadas membranas entre los dedos y una pequeña cola plateada enroscada debajo de su cuerpo.

Elías se quedó paralizado. Era una sirena.

Envolvió al bebé, que temblaba de frío, con su chaqueta y lo alejó de las gélidas olas.

La criatura lloraba suavemente, pero en cuanto Elías se volvió hacia el pueblo, dejó de hacerlo.

Sus enormes ojos azules se quedaron fijos en el océano.

Luego señaló hacia el agua con su diminuta mano.

Elías miró en aquella dirección.

No vio nada. Solo las oscuras olas avanzando bajo la niebla matutina.

—Tranquilo —susurró—. Yo te protegeré. Pero el bebé comenzó a llorar de nuevo.

Esta vez, el océano respondió.

Un profundo estruendo resonó bajo el agua. Elías dio un paso atrás.

A lo lejos, más allá de las rocas, algo enorme rompió la superficie.

Primero apareció una gigantesca aleta.

Luego otra. Y después, una tercera.

El bebé extendió su pequeña mano hacia aquellas criaturas que se acercaban desde la distancia.

Entonces Elías comprendió la verdad.

La pequeña sirena no había llegado a la orilla por accidente.

Durante la tormenta, se había separado de su familia.

Y aquellas enormes criaturas que avanzaban entre las olas no venían a atacar al bebé.

Habían venido a buscarlo. Querían llevarlo de vuelta a casa.

Elías llevó cuidadosamente a la pequeña criatura hasta la orilla.

El bebé levantó la mirada hacia él una última vez.

Por un instante, Elías habría jurado que lo vio sonreír.

Entonces la criatura se deslizó de sus brazos y desapareció bajo las olas.

Las enormes siluetas la rodearon.

Y, en cuestión de segundos, el océano volvió a quedar completamente en calma.

Elías regresó solo al pueblo. Nunca le contó a nadie lo que había visto aquella mañana.

Pero cada año, después de la primera gran tormenta, regresaba a aquella misma playa.

Porque, algunas veces, justo antes del amanecer, todavía podía escuchar una vocecita bajo las olas susurrando su nombre.