Primavera temprana
La pequeña Alenka, de cuatro años, observaba con curiosidad al nuevo vecino del patio: un anciano canoso que se apoyaba en un bastón.
—¿Abuelito, eres un mago? —preguntó ella.

—No, solo me duele la pierna —sonrió Yegor Ivánovich.
Desde entonces, la niña lo visitaba con frecuencia: le contaba novedades y él le ofrecía un dulce.
Alenka comía la mitad y la otra mitad la guardaba para su abuela.
—¿Por qué no te lo comes todo? —se extrañaba el vecino.
—Hay que compartirlo con la abuela —respondía ella.
Conmovido por la generosidad de la niña, la siguiente vez le dio dos dulces. Alenka volvió a compartirlos, ahora con su mamá y su papá.
La abuela agradeció al vecino y le pidió que no le diera más golosinas. Entonces empezaron a darle nueces —“para estar saludable”.
Alenka las escondía en los bolsillos, y la abuela bromeaba:
—¡Mi pequeña ardillita llevando nueces!
Poco a poco, Yegor Ivánovich empezó a caminar sin bastón. Alenka corría a su lado:

—¡Uno, dos, tres, cuatro! —ordenaba con entusiasmo.
Así, los tres —la niña, la abuela y el vecino— paseaban por el parque, disfrutando de una amistad que llenaba de calor sus vidas.
—La mimas demasiado —se sonrojaba Vera Serguéievna—. Que los dulces sean solo en ocasiones especiales.
Yegor les contó que hacía cinco años había enviudado y que recientemente había cambiado de apartamento: se quedó con un estudio y le dio uno de dos habitaciones a su hijo con su familia.
Un par de días después, Vera y Alenka lo visitaron con un pastel.
Durante el té, la niña miraba con interés los libros y las pinturas, mientras la abuela sonreía al ver cómo el vecino cobraba vida con la compañía.
Así comenzó una amistad que creció con el tiempo. En verano paseaban juntos; en invierno, se deslizaban con los esquís.

Yegor ayudaba en las tareas de la casa, Alenka lo llamaba “abuelo”, y Vera cada vez más esperaba con ilusión los encuentros con el vecino.
Cuando Yegor viajó a ver a su familia, el patio quedó vacío. Una semana después regresó antes de lo previsto:
—Me extrañaba. Aquí me siento en casa.
Alenka lo abrazó y Vera lo invitó a disfrutar de unos panqueques. Tras la cena, Yegor le regaló a la niña una matrioska y a Vera un broche de plata.
Afuera caía una lluvia primaveral, la nieve se derretía, y los tres volvieron a recorrer el sendero conocido.
—¡Uno, dos, tres, cuatro! —mandaba Alenka—. ¡Paso firme y mira hacia adelante!
