Un niño con hambre marcó al 911, pero lo que llegó fue mucho más que comida.
Esta historia nos recuerda que todavía existen personas bondadosas que hacen todo lo posible para ayudar a quienes más lo necesitan.
Ellos devuelven nuestra esperanza en la humanidad e inspiran a otros a hacer el bien.
Un niño pequeño marcó al 911, pero no dijo una palabra, por lo que se le pidió a una oficial, que vivía cerca de la casa donde se rastreó la llamada, que fuera a investigar.
Eran alrededor de las 9:30 p.m. y la oficial acababa de poner a su hijo más pequeño en la cama cuando se enteró de la llamada del niño.

Al llegar a la casa, un niño de 8 años abrió la puerta. No parecía estar en ningún tipo de peligro.
Lo más importante es que, aunque la casa era bastante simple, estaba limpia y ordenada.
Él estaba allí con su hermanita. El niño se presentó como Mateo, y la razón por la que llamó al 911 fue porque él y su hermana tenían hambre.
Estaban completamente solos, sin ningún adulto a la vista.
Tras hacer algunas preguntas, la oficial descubrió que la madre de los niños trabajaba en dos empleos, luchando para llegar a fin de mes.
Mateo le contó que cuidaba de su hermana, Sofía, mientras su madre trabajaba.

Normalmente, tenían algo de comida en la nevera, pero esta vez solo había una botella de leche y algunos sobres de ketchup.
La oficial pidió refuerzos, explicando la situación, y rápidamente llegaron al lugar, con una paramédica llamada Rosa que trajo sándwiches para los niños.
Antes de contactar a los servicios sociales, la oficial localizó a la madre de los niños, quien estaba trabajando en el restaurante de Joe.
Le informaron que los niños estaban bien, pero con hambre.
La pobre mujer se mostró muy preocupada.
Era evidente que era una madre que se preocupaba profundamente por sus hijos y que se veía obligada a trabajar largas horas para poder mantener a su familia.
En los días siguientes, tanto la oficial como Rosa pensaron mucho en Mateo y Sofía.

Un día, Rosa visitó a la oficial y le comentó que había tenido una idea: iniciar un proyecto que involucrara a oficiales, paramédicos y miembros de la comunidad dispuestos a ayudar a las familias necesitadas.
El proyecto, Comidas de Medianoche, resultó ser un éxito rotundo.
Cada viernes por la noche, los voluntarios entregaban comida y productos de higiene a los miembros más vulnerables de la comunidad.
La respuesta fue abrumadora.
Los maestros donaron libros y útiles escolares, las tiendas de alimentos contribuyeron con productos enlatados y los adolescentes ofrecieron su tiempo libre.
Una noche, Rosa y la oficial decidieron llevar personalmente los suministros.

Fueron a la casa de Mateo y Sofía, pero esta vez la situación era diferente. Había más muebles, más comida e incluso algunas decoraciones.
Mateo reconoció inmediatamente a las dos mujeres, mientras su madre les agradecía por todo lo que habían hecho por su familia.
Rosa llevaba una mochila nueva llena de útiles escolares para Mateo, quien no podía contener su emoción al recibir el regalo.
Al ver el impacto tan positivo de su pequeño gesto, las dos mujeres reflexionaron sobre por qué eligieron sus profesiones.
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