Una niña en silla de ruedas me regaló una sonrisa… y pronunció mi nombre antes de que yo siquiera pudiera presentarme.
Aquel miércoles, una chica en silla de ruedas entró al aula.
Llevaba el cabello recogido, su uniforme estaba impecable, y destacaba un vestido verde intenso que desentonaba un poco con el resto.
Las férulas en sus piernas y las ruedas naranjas de su silla —como soles diminutos— llamaban la atención.

En ese instante pensé: Ella parece saber algo que yo ignoro.
Al principio, todos se mostraban excesivamente cuidadosos con ella, como si fuese frágil. Pero yo opté por tratarla como a cualquiera.
Le pregunté de dónde venía. Ella sonrió y respondió:
—Tú ya lo sabes.
Y pronunció mi nombre.
—Eleanor —dijo otra vez—. ¿No me reconoces?
Su rostro no me resultaba familiar, pero en su mirada había una chispa… como si esperara que algo dentro de mí despertara.
—Ha pasado mucho —dijo con calma—. Eras muy pequeña entonces.
Se llamaba Violet. Nuestra amistad creció poco a poco. Mientras los demás evitaban incomodarla, a ella le gustaba que yo no tuviera ese filtro.

Su humor seco me hacía reír, y su manera de mirar el mundo me intrigaba; era como si llevara secretos que aún no estaba lista para compartir.
Una tarde, mientras repasábamos ejercicios de matemáticas, me miró con seriedad.
—¿De verdad no lo recuerdas?
—¿Recordar qué? —pregunté.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Alguna vez fui como tú. Sin silla de ruedas. Pero igual de perdida, llena de preguntas. Fuimos amigas… en otra existencia. Luego todo cambió.
La observé sin comprender.
—Aún no es el momento de contártelo todo —agregó—. Pero pronto estarás lista.
Después de aquello, empezó a compartir pequeños fragmentos de su historia.
Hablaba de una vida antes de su enfermedad, cuando corría como cualquier niña, hasta que ocurrió algo que lo transformó todo.
Un día, con voz baja, me confesó:

—Tuve un accidente. Mis piernas dejaron de responder como antes… pero aprendí a vivir diferente.
Era la primera vez que mencionaba lo sucedido. Siempre lo había intuido, pero nunca le pregunté.
—No entiendo lo de “antes” —dije—. ¿Cómo podríamos haber sido amigas?
—Fuiste mi mejor amiga —respondió con dulzura—. Algo nos hizo olvidar.
Me quedé en shock.
—¿Quieres decir… en otra vida?
Asintió.
—Tú me diste fuerzas. Nos necesitábamos mutuamente, pero fuimos separadas.
Aunque dudaba, había en ella algo extrañamente familiar.
Hasta que una noche vi un símbolo tatuado en su muñeca. Era idéntico al que había visto en uno de mis sueños más vívidos años atrás.
—¿Dónde conseguiste eso? —pregunté asombrada.
—Es la clave —respondió—. Nuestra conexión viene de mucho antes.

Y en ese momento, todo empezó a encajar. Los sueños, esa extraña conexión entre nosotras…
—Creo que estoy empezando a recordarte —murmuré.
Violet sonrió con ternura.
—Estás despertando. Nos espera algo importante. El mundo nos necesita. Pero el siguiente paso, debes darlo sola.
Justo entonces, apareció un hombre vestido de traje.
—Violet, es hora —anunció.
Ella me miró por última vez.
—Aquí nuestros caminos se separan —dijo—. Pero estás lista, Eleanor. Cree en ti.
Y se fue.
En los días siguientes, sus palabras se repetían en mi mente. Todo lo que compartió —los sueños, las señales— señalaba hacia algo mucho más grande.
Y al fin comprendí: el poder siempre estuvo en mí.
Ahora, era mi momento de usarlo.
