La viuda estaba en una etapa avanzada de su embarazo cuando su hermana demoníaca, además de haber asesinado a su esposo, se transformó en una serpiente con la intención de acabar también con ella y con el bebé que llevaba en su vientre.

La viuda estaba en una etapa avanzada de su embarazo cuando su hermana demoníaca, además de haber asesinado a su esposo, se transformó en una serpiente con la intención de acabar también con ella y con el bebé que llevaba en su vientre.

La falsa enfermera entró en la sala de forma sigilosa, con una jeringa escondida en la manga.

La viuda embarazada estaba débil, pero consciente.

En el momento en que la mujer disfrazada se acercó a la cama, un extraño sonido llenó la habitación: el latido constante del bebé no nacido comenzó a resonar en todos los monitores del hospital.

Las pantallas parpadearon. Las luces se atenuaron. La hermana demoníaca se quedó inmóvil.

Debajo de la cama de la paciente apareció un símbolo luminoso que se extendió por el suelo como plata líquida.  El bebé no era común.

Sin que nadie lo supiera, llevaba una antigua bendición heredada de la sangre materna: un poder que solo despertaba frente a la maldad absoluta.

La hermana demoníaca intentó acercarse, pero unas cadenas invisibles de luz le envolvieron las muñecas y los tobillos.

Su disfraz se deshizo, revelando su verdadera forma de serpiente ante el personal aterrorizado.

—¡¿Qué está pasando?! —siseó.

La viuda abrió los ojos. Por primera vez, pudo ver la verdadera naturaleza de su hermana.

El latido del bebé se hizo más intenso. De repente, un rayo de luz dorada estalló desde el vientre de la viuda.

No dañó a los humanos presentes, pero impactó directamente contra la criatura serpiente.

El demonio gritó mientras siglos de poder robado le eran arrebatados.

Desesperada, la serpiente se lanzó hacia la cama en un último intento de ataque.

Pero el latido del bebé se detuvo por un instante.

Y luego llegó un único y poderoso latido. Toda la habitación tembló.

La serpiente se convirtió en piedra al instante.

Las grietas recorrieron su cuerpo hasta que se desintegró en miles de granos de arena inofensivos, que se dispersaron por la ventana abierta y desaparecieron en la noche.

Meses después, la viuda dio a luz a un niño sano.

Cuando las enfermeras le preguntaron cómo lo llamaría, ella sonrió y miró a su hijo.

—Fénix —dijo.

Porque había sobrevivido a la muerte incluso antes de nacer, y de las cenizas de la tragedia había comenzado una nueva vida.