Félix, un minotauro que llevaba una vida solitaria en una granja aislada de la zona rural de Minnesota, jamás imaginó que su pacífica rutina llegaría a su fin cuando una misteriosa diosa apareció inesperadamente y dejó en su puerta a Betsy junto con su pequeño hijo recién nacido, Apolo.
Félix era un minotauro solitario que vivía alejado de todo, en una granja perdida entre los campos de Minnesota.

Su existencia transcurría en silencio y sin sobresaltos, hasta que una noche una misteriosa diosa apareció frente a su casa, acompañada de una mujer aterrorizada llamada Betsy y de su hijo recién nacido, Apolo.
Antes de desaparecer, la diosa le reveló un secreto aterrador: Apolo era el hijo que Zeus había abandonado.
La sangre divina que corría por sus venas hacía que los alimentos comunes de los humanos fueran prácticamente inútiles para él.
Mientras el pequeño no adquiriera la fuerza suficiente para sobrevivir por sí mismo, Betsy y el bebé necesitarían la protección de Félix.
Pero Félix detestaba a los dioses y no quería tener ninguna relación con sus problemas.
Todo cambió cuando Apolo comenzó a debilitarse peligrosamente.
Al escuchar los gritos de Betsy, Félix entró en el granero. La mujer, aterrorizada, levantó una horca y le advirtió que no se acercara.
Félix se detuvo. Entonces, Betsy retiró lentamente la manta que cubría al bebé.

El minotauro quedó paralizado. De la pequeña cabeza de Apolo sobresalían dos diminutos cuernos.
Félix los reconoció de inmediato. Los había visto representados en una antigua leyenda, una profecía olvidada que hablaba de un niño nacido de sangre celestial y protegido por un linaje de minotauros.
Antes de que pudiera decir una palabra, Apolo dejó de llorar.
Debajo de la manta comenzó a extenderse un extraño resplandor dorado.
Con mucho cuidado, Félix acercó un dedo y tocó la diminuta mano del bebé. En ese instante, Apolo se tranquilizó.
Una misteriosa marca dorada apareció en la palma de Félix y desapareció casi de inmediato.
Betsy comprendió que ya no podía ocultar la verdad. —Su padre es Zeus —confesó finalmente. El rostro de Félix se endureció.
Zeus había abandonado a su propio hijo y, aun así, el poder divino de Apolo estaba comenzando a despertar.
A pesar de su odio hacia los dioses, Félix decidió permitir que Betsy y el bebé permanecieran en la granja.

Durante los días siguientes ocurrió algo que nadie habría imaginado.
El solitario minotauro empezó a reparar la cuna de Apolo, preparaba comida para Betsy e incluso intentaba aprender a cuidar de un recién nacido.
Y Apolo parecía más tranquilo cada vez que Félix lo sostenía entre sus enormes brazos.
Sin embargo, Félix pronto descubrió que la antigua profecía había sido interpretada de manera equivocada.
Apolo no estaba destinado a convertirse en otro dios. Su verdadero destino era mucho más peligroso.
Estaba destinado a poner fin al dominio de los dioses.
Una noche, una poderosa tormenta cubrió la granja. Los relámpagos iluminaron los campos y, finalmente, Zeus descendió de los cielos.
—Nunca debiste encontrarlo —dijo el dios.
Félix se colocó inmediatamente entre Zeus y el bebé. —Lo abandonaste.
Zeus levantó una mano. La casa entera comenzó a temblar.

Entonces, Apolo abrió los ojos. Sus pequeños cuernos empezaron a brillar con una intensa luz dorada.
De repente, todas las nubes de tormenta sobre la granja desaparecieron.
Zeus contempló a su hijo con una expresión de absoluto desconcierto.
Apolo levantó una diminuta mano. La misma marca dorada apareció nuevamente y, esta vez, comenzó a extenderse por todo el cielo.
Félix comprendió entonces que la antigua profecía nunca había dicho que el niño serviría a los dioses.
Decía que Apolo tendría el poder de decidir quién era digno de gobernar.
El bebé miró a Zeus. Después volvió sus ojos hacia Félix. Y, por primera vez, el dios olvidado sonrió.
A la mañana siguiente, Zeus había desaparecido. No quedaba ningún trono en los cielos.
Solo una pluma dorada descansaba frente a la puerta de Félix.
Debajo de ella había un mensaje: «El primer guardián ha despertado. Quedan seis más».
Pero la historia aún no había terminado. Zeus regresó a la granja, atraído por la intensa luz dorada que envolvía a Apolo.
Félix volvió a interponerse entre el dios y el niño. —Lo abandonaste —repitió.

Zeus miró a su hijo y finalmente confesó la verdad.
Había temido la profecía porque Apolo no estaba destinado a convertirse en un sirviente del Olimpo.
Su verdadero propósito era convertirse en el guardián de la frontera entre el mundo de los dioses y el de los mortales.
Sin embargo, la profecía exigía algo que Zeus jamás había sido capaz de ofrecerle: amor sin miedo, sin ambición y sin condiciones.
Apolo extendió una mano hacia Félix.
La marca dorada volvió a aparecer en la palma del minotauro, confirmando que entre ambos existía un vínculo mucho más antiguo de lo que cualquiera había imaginado.
Zeus bajó lentamente su arma. —Entonces, la decisión le pertenece a él.
La luz que rodeaba a Apolo comenzó a desvanecerse. La tormenta desapareció. Zeus se marchó sin llevarse a su hijo.

Félix miró al pequeño, que dormía tranquilamente entre sus brazos. —Parece que te vas a quedar —murmuró.
Betsy sonrió mientras las lágrimas recorrían su rostro.
Y, por primera vez en siglos, los dioses habían perdido el control sobre una profecía.
Porque Apolo no había elegido el Olimpo. Había elegido a su propia familia.
